Solo

Ayer fui solo al Auditori. Saqué la entrada solo. Me senté solo (e incómodo, en el palco lateral). Salvo a un amigo que saludé en el descanso y un antiguo profesor del Instituto no conocía a nadie entre el público, supongo que habitual del Abono. En el escenario sólo había un elegante piano de cola negro. Sólo apareció un músico, el joven pianista francés Cédric Tiberghien. Y lo llenó todo. Imposible sentirse solo. Con piezas cuidadosamente elegidas de Bach (Partita nº 2 en Do menor), Mozart (Fantasía en Do menor y Sonata nº 14 en Do menor) y Beethoven (Seis variaciones sobre un tema original en Fa mayor, Op. 34 y Sonata nº 32 en Do menor, Op. 111) que, creadas en los siglos XVIII y XIX, ayer sonaron vigentes, contundentes y evocadoras en la Sala Sinfónica del Auditori.

La solemnidad de Tiberghien tocando el piano conmueve. Es como una liturgia del perfeccionismo, en la ejecución, el rigor, el equilibrio, el dominio de los distintos tiempos e intensidades (en especial en la segunda pieza de Beethoven), de los silencios… Pura elegancia y sensibilidad. Tengo que ir más a los conciertos que organiza la Sociedad Filarmónica de Castellón, que ya lleva más de mil desde hace 85 años. Ya me lo dice el amigo que saludé en el descanso.

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