La sala Four Seasons cierra con el genuino power-pop de Paul Collins Beat su primera exitosa temporada

En sólo una temporada la sala Four Seasons se ha convertido en un referente casi imprescindible de la escena musical de Castellón. Con el cierre del Ricoamor, y pese al excelente ciclo que con el mismo nombre programa El Goma en el Auditori, la ciudad había quedado huérfana de sus sudorosos conciertos en la corta distancia. Y la verdad es que el garito de David, después de chapar el Octopussy, ha sido su relevo natural, con conciertos como los de -sólo por citar algunos- Señor No y Telepath Boys, Thunder Express, Boss Martians, Airbag o The Hi-Risers, que ya han dejado huella.

Superados los lógicos problemas de sonorización de los primeros directos al ser una sala nueva, el Four Seasons se ha sabido hacer con una parroquia propia y fiel, que garantiza el lleno en buena parte de los conciertos, ha mantenido una programación estable y la ha completado con ciclos de cine y alguna exposición. Vamos, que en un solo año en Castellón, ¡oh milagro!, se ha consolidado un nuevo referente cultural.

Y para cerrar esta primera temporada no había mejor forma que hacerlo con un viejo conocido de la afición castellonense, el legendario Paul Collins. ¿Quién no ha bailado alguna vez el “Hanging on the telephone” de The Nerves o el “Rock’n’roll girl” de The Beat (en el vídeo de arriba)? ¿Quién no ha flipado con su genuino power-pop? El músico norteamericano dejó su sello de calidad y de cercanía con los fans en los conciertos del Ricoamor y del festival Bestialc de l’Alcora años atrás; razón suficiente para pasarse esta tarde por la calle Castelldefels.

Pero es que, además, Paul Collins Beat presenta nuevo disco, ‘Ribbon of Gold’, editado por el sello Rock Indiana de Madrid, donde reside desde hace años. El álbum, grabado en Suecia, mantiene en general una línea más rockista, como el anterior “Flying high’ –su regreso a los estudios de 2005 tras doce años-, y sigue dejando perlas pop y medios tiempos como “Big pop song” o “I still want you”.

Paul Collins Beat llegan a Castellón con nuevo bajista, Juancho Bummer, después de pasar con gran éxito por el festival South By Southwest de Texas y de llenar hasta los topes la sala El Sol de Madrid; y antes de actuar en la Expo de Zaragoza. Nos vemos en el Four Seasons.

20.15. Sala Four Seasons (C/ Castelldefels, 14). Concierto de Paul Collins Band. Entrada: 15 euros.

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El grial es la palabra

Pasa de provocar la hilaridad absoluta a la reflexión más profunda. A veces lo hace en una progresión imperceptible. Y la mayoría en un abrir y cerrar de ojos. Pero todo casa. Nunca descabalga. Y además es divertidísimo. Tiene poderes. Por eso le llaman El Brujo.

No sé qué palabras utilizar, no sé cómo explicar lo que presencié anoche en el Teatro Principal de Castellón, pero necesito hacerlo. Casi como agradecimiento. Recuerdo que tuve un profesor en el Instituto, que era manco y nos hizo leer la primera parte del Quijote, que dedicó una clase entera a intentar explicarnos -a quinceañeros con acné y las hormonas en plena secreción- qué era la experiencia estética y la catarsis. También lo intentó años después, ante una audiencia más predispuesta, una profesora de la carrera. Porque la predisposición puede tener mucho que ver; aunque también por exceso de expectativas acaban defraudando muchos espectáculos. A lo largo de los años y gracias a determinados conciertos, películas y obras de teatro he ido entendiendo el significado de esos dos conceptos. O eso creía. Porque lo que ayer provocó El Brujo clava la definición de catarsis, en su acepción de purificación interior ante un espectáculo.

Uno se esperaba un monólogo con una excelente interpretación de diálogos entre Don Quijote y Sancho Panza, con pinceladas de humor y de actualidad, y que también invitara a la reflexión. Pero es que ‘Los misterios del Quijote o el ingenioso caballero de la Palabra’ es un Dragon Khan de emociones, pero sin necesidad de cerrar los ojos. Como decía la crítica de Javier Vallejo que cité ayer, Rafael Álvarez logra que el espectador se sienta como en casa de un amigo. Haciendo guasa de todo. De la presunta lectura generalizada del Quijote, de sus interpretaciones, sus clichés y su autoría, recreando el trote de Rocinante, pero también de lo más cotidiano… ¡hasta relatando una surrealista escena de cama entre Zapatero y Sonsoles! Y cuando te tiene partiéndote de risa en la butaca, sin darte cuenta, sin saber cómo, te cuela la rerpresentación de la escena en la que el Quijote pretende ser armado caballero por un ventero en una casa de citas. Con decenas de registros de interpretación distintos, intercalados, superpuestos, pero sin perder en ningún momento el hilo.

La mezcla que produce la misteriosa ambientación del escenario con sólo cinco cirios sobre un cuadrilátero de arena y su vestimenta sefardí, por un lado, y la línea aparentemente caótica del argumento del monólogo, repleto de luces y sombras, por otro, convierten a la obra en una liturgia. Una liturgia que El Brujo utiliza para exponer su alocada tesis: que el Quijote no lo escribió Cervantes hace 400 años, sino unas décadas antes cinco juglares nómadas (de ahí las cinco velas) pertenecientes una secta que quería aunar las tres religiones: la cristiana, la musulmana y la judía. Y, es más, que tenía su origen en la tradición oral, de manera que el clásico entre los clásicos de la literatura en español sería una especie de Biblia para la fusión de religiones.

Una enorme metáfora que le sirve a El Brujo para fabular con que su padre le contaba capítulos enteros del Quijote siguiendo esa tradición oral, pero también para concluir la representación con un consejo (hay que contar historias a nuestros hijos inventando el argumento sobre la marcha) y su mensaje final: “El grial es la palabra”. Para recordar.